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Mi espiritualidad

Mi espiritualidad

En nuestro libro “Espiritualdad de la liberación”, José María Vigil y yo reconocíamos, ya en la primera línea del primer capitulo, que “espiritualidad” es una palabra infeliz, desmoralizada, por el abuso teórico y práctico con que fue utilizada – aún lo es- como esfera distante de la vida real, como espiritualismo desencarnado y huida de compromiso. Si espiritualidad deriva de “espíritu”, y si espíritu se opone a la materia, al cuerpo, una persona será espiritual cuando viva sin preocuparse de lo que es material ni siquiera de su propio cuerpo, instalándose en etéreas realidades espirituales.

Esta concepción de espíritu y espiritualidad como realidades opuestas a lo material de lo corporal, provienen de la cultura griega. En las culturas indígenas no es así. Y tampoco en el mundo cultural semítico de la Biblia. La palabra de Dios es mucho más integradora.

En esta última década, después de ciertas decepciones, aprendiendo de la historia y por un verdadero proceso de maduración, debemos reconocer, agradecidos al Dios que nos acompaña y a los hermanos y hermanas que dieron por nosotros su sangre, que la “espiritualidad” ya no es una palabra infeliz. Hoy es un horizonte que necesitamos, un clamor que viene de dentro, agua viva para nuestro caminar. Hay una auténtica y profunda sed de espiritualidad en las comunidades eclesiales, en los y las agentes de pastoral, en los y las militantes cristianos, en la juventud más despierta.

Se multiplican los encuentros, las publicaciones, las conferencias, las entidades que estudian, propagan y dinamizan la espiritualidad y, más concretamente, nuestra espiritualidad. Cada día son más las personas que quieren “beber en el propio pozo”.

1. ¿Qué es entonces espiritualidad?

El espíritu de una persona es lo profundo y dinámico de su propio ser: sus motivaciones mayores y últimas, su ideal, su utopía, su pasión, la mística por la cual vive y lucha y con la cual contagia.

“Espíritu” es el sustantivo concreto, y “espiritualidad” es el sustantivo abstracto. En lenguaje común estas dos palabras se usan indistintamente: “Fulano tiene mucho espíritu, tiene una espiritualidad profunda”.

Cuando decimos de alguien que “no tiene espíritu”, queremos afirmar que no tiene pasión, ideal, vida profunda. Es más que una persona es un tronco, es una máquina.

Hay espíritus diferentes, eso sí. Y es preciso distinguir discernir. Según algunos códices, cuando los apóstoles soñaban o actuaban fuera del Reino, Jesús les advertía: “No saben ustedes de que espíritu son” (Lc 9,55). Hay espíritu malo y espíritu bueno. No se habla y escribe sobre “el espíritu del capitalismo”, sobre “espíritu del mercado neoliberal”?.

2. La espiritualidad es patrimonio de todos los seres humanos

Toda persona está animada por una espiritualidad o por otra, porque todo ser humano -cristiano o no, religioso o no- es un ser también fundamentalmente también espiritual. Toda mujer todo hombre son más que simple biología. Y es ese algo más, o mucho más, los que los distingue del simple animal. Las religiones y filosofías designan esa realidad misteriosa, pero real, como “espíritu”. Perder esa dimensión profunda es dejar de ser humano, es embrutecerse. Paul Tillich habla de esa “dimensión perdida” como de la gran tragedia de nuestro tiempos materialistas y consumistas.

3. ¿Toda espiritualidad es también algo religioso?

Si entendemos la palabra “religión” como una referencia explícita a Dios, habremos de reconocer que hay espiritualidades no religiosas, personas con mucha espiritualidad, con profundos ideales de lucha y de servicio, que son ateas, o agnósticas. “No dudamos en afirmar que pueden existir y que existirán no sólo espiritualidades no cristianas, sino incluso no creyentes”, escribe A.M. Besnard.

Sin embargo, para nosotros, que creemos en Dios como presencia felizmente “inevitable” y animadora de nuestras vidas, agua y luz de todo pensamiento bueno y de toda acción honesta, la espiritualidad sincera, esa radical profundidad humana, es siempre “religiosa”. El gran maestro Orígenes decía que “Dios es aquello que alguien pone por encima de todo”. Y el inquieto Obispo de Hipona, San Agustín, dejó escrito en sus “confesiones” que “Dios me es más íntimo que mi propia intimidad”.

Sin embargo, no es la religiosidad lo que hace la verdad o la mentira de una vida humana, sino la autenticidad de esa misma vida. “En espíritu y verdad quiere ser adorado el Padre”, recordaba Jesús a la samaritana junto al pozo de Jacob (Jn 4,23).

4. Nuestra espiritualidad es cristiana

A la luz de la fe cristiana (hay una fe religiosa quechua, una fe religiosa islámica, una fe religiosa hindú) nosotros descubrimos la presencia de Dios en el cosmos, en la vida humana y en la historia como amor gratuito y salvación precisamente porque Jesús, hijo de Dios e hijo de María de Nazaret, con su palabra, actividad, muerte y resurrección, nos hace entrar vitalmente en ese descubrimiento. A partir de este encuentro de fe, nuestra espiritualidad solo puede ser “religiosa” (como vuelta hacia el Dios vivo, revelado por Jesús) e incluso “cristiana” (como seguimiento del propio Jesús).

El Dios de Jesús es nuestro Dios. Él es la profundidad máxima de nuestra vida.

La causa de Jesús es nuestra causa.

Nuestro vivir es Cristo (Fil 1,21). Él es nuestra pasión y su espíritu es nuestra espiritualidad.

5. Nuestra espiritualidad

Nuestra espiritualidad es nuestra en dos sentidos:

  1. Porque es una espiritualidad personalizada, por que nosotros vivimos consciente y libremente en la condición de personas adultas también en la fe, con la totalidad de nuestro ser humano, en todas las dimensiones de nuestra vida. Yo soy mi espiritualidad. Nadie la vive por mí.
  2. Porque es una espiritualidad explícitamente latinoamericana; y de una manera clara, espiritualidad de la liberación.

Antes de todo es necesario subrayar este aspecto, que oportunamente la modernidad (la post-modernidad también, a su modo) hizo salir a la superficie y que nos libera del gregarismo, del infantilismo, y, finalmente, de una posible, justificada, deserción.

La espiritualidad o es personalizada o no es espiritualidad. O abarca todas las dimensiones de mi ser (alma y cuerpo, pensamiento y voluntad, sexo y fantasía, palabra y acción, interioridad y comunicación, contemplación y lucha, gratuidad y compromiso) o no será mía, no me realizaré en ella, acabará mutilándome.

Dio gusto de ofrecer a los compañeros y compañeras de caminada un esquema de referencias que me ha servido mucho en la vida, después de haber experimentado, en ciertas épocas, de la formación sobre todo, métodos reduccionismo o unilateralidades que nos angustiaban y que reprimían la realización personal y el vuelo del espíritu.

Así como para corregir un formación espiritual dispersa o mutilada, por ser contabilista o por ser dicotómica y unilateral, y para ser la síntesis de la propia existencia (¡ese es el desafío!), debemos pensar la vida así:

Toda nuestra vida es:

  • una problemática (a partir de la fe, un misterio);
  • un desafío (a partir de la de, una misión);
  • un espacio (a partir de la fe, don, gracia); que debemos asumir con ciertas actitudes (generadas por ciertos actos o praxis y, que, a su vez generan praxis);
  • a través de ciertas mediaciones (psicológicas, sociológicas, políticas, pastorales, evangélicas…);
  • con vistas a la opción fundamental, que dará sentido, fuerza, alegría y victoria a nuestra vida.

A lo largo de este texto – y espero que, sobretodo, a lo largo de cada una de nuestras vidas-, irá apareciendo mejor lo que estoy queriendo decir cuando hablo de “nuestra” espiritualidad cristiana. El espíritu es el que sabe de eso. Él es quien enseña a quién quiera entrar en su escuela gratuita y amorosa. De mi parte me siento cada vez con menos coraje para dar lecciones de espiritualidad, porque la vida no se enseña. Nadie puede sustituir al Maestro, que es el Espíritu de Dios, ni siquiera el discípulo o discípula, que es el espíritu de cada uno de nosotros.

Puedo indicar donde tropecé, eso sí, y compartir júbilos y descubrimientos; porque también es verdad que, en Cristo, somos un solo cuerpo y que es uno solo el espíritu que nos anima (cf 1 Cor 12,12, s).

En nuestro libro “Espiritualidad de la liberación”, explicamos largamente lo que entendemos por Espíritu/ espíritu / espiritualidad, las diferentes acepciones de esas palabras, la complementariedad con que se debe vivir la espiritualidad “natural” y “latinoamericana” como la espiritualidad “cristiana”, por parte de una persona simultáneamente humana, bautizada y latinoamericana. Con ese fin, nuestro libro está dividido en tres grandes capítulos: I. El Espíritu y la Espiritualidad; II. El Espíritu liberador en nuestra patria grande; III. En el espíritu de Jesucristo liberador.

A los tres capítulos añadimos “las 7 características del pueblo nuevo”, conscientes de que “de mujeres nuevas y de hombres nuevos nace el pueblo nuevo”:

  1. la lucidez crítica;
  2. la contemplación en la caminada;
  3. la libertad de los pobres;
  4. la solidaridad fraterna;
  5. la cruz y la conflictividad;
  6. la insurrección evangélica (la revolución de la Buena Noticia);
  7. la tenaz esperanza pascual.

Y presentamos también las “constantes de la espiritualidad de la liberación”:

  • la profundidad personal;
  • el reinocentrismo;
  • una espiritualidad de lo esencial y universal cristiano;
  • la ubicación: en la realidad, en la historia, en el lugar , en los pobres, en la política;
  • la critica;
  • la praxis;
  • la integralidad, sin dicotomías y sin reduccionismos.

Con otras palabras, más o menos sinónimas, podríamos también caracterizar la espiritualidad de la liberación como:

  • cristológica, de la práctica de Jesús, en su seguimiento;
  • situada, ubicada, política, histórica; “tropezando con el Dios de los pobres” (Leonardo Boff), encontrando a Dios en las prácticas más diarias, más sociales, más comunitarias;
  • en la cruz de la profecía y del conflicto, asumidos pascualmente;
  • “entre la gratuidad y la exigencia” (G. Gutiérrez);
  • siendo contemplativos en la liberación, descodificando el Reino o el Anti- Reino en la realidad, aquí y ahora;
  • enraizada en nuestras culturas y en nuestra historia;
  • heredera comprometidamente de la sangre mártir;
  • proféticamente alternativa al sistema de la muerte y de la exclusión;
  • en una co-rresponsabilidad eclesial, adulta, libre y serena;
  • con espíritu ecuménico y macroecuménico;

6. Hoy, aquí

Toda América Latina, que forma parte del tercer mundo, pasa por una hora de mundialización, de neoliberalismo, de post-modernidad. Esta hora tiene, ciertamente, mucho de “poder de las tinieblas”, pero puede tener mucho más si creemos en el espíritu, “caídos del Reino”.

Hay, sin duda, una crisis de estrategia liberadoras “clásicas”, un desconcierto entre los y las militantes, un sentimiento de “sin salida”, de depresión psicosocial. Para muchos discípulos y discípulas, en este atardecer por el camino del seguro, la sensación de hora baja es la misma de los discípulos cabizbajos de Emaús: “Nosotros esperábamos que…” (Lc 24,21). Añádese, para mayor desorientación, esa avalancha de fundamentalismos, exotismos y esoterismos que convulsionan el mundo.

La mundialización se está imponiendo como neoliberal, de sistema único, de mercado total, mercantilizador de la vida humana, idólatra, de una escatología inmediatista en un estúpido “fin de la historia”, inmolador de las mayorías bajo las garras del progreso consumista, privatizador de la sociedad, sin alternativa socializadora posible.

La post-modernidad niega la radicalidad espiritual, el compromiso, la utopía;; substituye la ética por la estética, lo utópico por lo fruitivo; ignora a los pobres y deja de lado la justicia; renuncia a los “grandes relatos”; es narcisista: dicen incluso que pasamos de Prometeo a Narciso. Todo en la vida debe ser ligth, según el instante y el instinto.

Yo mismo vengo alertando, hacia el tiempo, de cara a tres grandes tentaciones que nos acechan en esta hora neoliberal de “noche oscura de los pobres” y de sus aliados y aliadas: la tentación de renunciar a la memoria y a la historia; la tentación de renunciar a la cruz y a la militancia; la tentación de renunciar a la esperanza y a la utopía.

Por nuestra parte, creemos que la mundialización legítima, la otra mundialización, es voluntad del Dios único, destino de la familia humana que es una sola, en una sola casa en la tierra y en los cielos. La intercomunicación, la intersolidaridad, la autoridad plural en la unidad humana, el concierto universal de todos los pueblos, respetados igualmente, complementarios entre si, todas las personas “iguales y diferentes” al mismo tiempo, en la macro-armonnía criatural que Dios soñó.

Creemos también en una legítima modernidad / postmodernidad que potencia la autonomía, subjetividad, libertad, igualdad, sueño lúcido y placentero, fricción del cosmos y de la vida, diario cantar las aguas próximas, en la interioridad, en la familia, en la amistad, en la ciudadanía; la integración de la persona humana en la fiesta de la creación divina.

En la Iglesia de esta hora hemos entrado, hace tiempo, según el teólogo Rahner, en una especie de invierno involucionista, después de la bella primavera abierta por el Concilio Vaticano II.  Víctor Codina habla de “miedo e inseguridad en la Iglesia”. Muchos miedos, muchas perplejidades, muchos cortes, muchas irritaciones. El mismo Jubileo del año 2000 -más de lo legítimo para la celebración penitencial y agradecida de nuestra fe y de la historia de nuestra Iglesia- puede convertirse en una evasión, un festival catolicista o cristianista, cuando llegaría a ser el tiempo fuerte de renunciar proféticamente el anti-Reino neoliberal y de anunciar proféticamente el Reino del Dios de la vida de la justicia y de la paz: El porque y para que Dios se hizo en Jesucristo el Dios -tan- plenamente -con nosotros- !

También, hablando de la iglesia podemos cantar, en contrapartida, una letanía de realizaciones esperanzadoras, en la espiritualidad, en la liturgia, en la teología, en la vivencia bíblica; en las comunidades eclesiales, en la vida religiosa e inserta, en las pastorales especificas; en la diversidad de los misterios, en el profetismo de los laicos y laicas, con una creciente presencia conquistadora de la mujer hasta en el altar; en ecumenismo de las bases y de ciertos líderes generosos; en el diálogo inter-religioso o macro-ecuménico; en la presencia y participación de la Iglesia comprometida por la lucha de los derechos humanos, por la ciudadanía, por la ecología, por la tierra, por la salud, por la vivienda, por la educación, por la comunicación.

El obispo mártir de Argentina, Enrique Angelelli, pastor de “tierra adentro”, en el período de plena dictadura militar en su país, proclamaba una esperanza inquebrantable con estas evangélicas palabras:

“Me siento feliz de vivir en la época en la época en que vivo. Todo eso que estamos viviendo es ciertamente lleno de vida. La Iglesia se hace más evangélica, más sencilla, mas misionera, comprometida con su pueblo. Cuando nosotros, los cristianos, limpiamos nuestro rostro sucio y convertimos nuestro corazón de carne en corazón pascual, es la Iglesia la que vive; nuestra Iglesia rejuvenece, camina y se hace más servidora, alabando al Padre de los Cielos. Es ahí donde nuestra Iglesia se hace fuerte con la fuerza del Espíritu Santo. Se hace más libre y no se amarra a intereses que la hagan infiel a su misión. Resplandece mejor como el gran sacramento de Jesucristo entre nosotros”.

También nosotros, como Angelelli, podemos sentirnos felices – él en plena dictadura militar, nosotros en pleno neoliberalismo – siempre que, como él, nos despojemos y nos comprometamos, siempre que cambiemos nuestro corazón de piedra por un “corazón pascual”.

 

Pedro Casaldáliga
Nuestra Espiritualidad
[Puede bajar y/o leer libremente esta obra de Casaldáliga]

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Quedan los pobres y Dios

Quedan los pobres y Dios

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En palabras al final de sus días, Pedro Casaldáliga nos decía: “opten por los pobres. Opten verdaderamente por los pobres”. Sin embargo, ¿sabemos realmente lo que eso implica? Él mismo lo explicaba.

9 de diciembre de 2021

Las causas de Pedro Casaldáliga

La Opción por los Pobres sigue siendo la opción por los pobres, textualmente.

Quiero decir: sigue siendo una conciencia de que los pobres son la opción del mismo Dios, el Dios de Jesús. La biblia entera, y, sobre todo, la palabra, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús, nos confirman en esta conciencia teológica, teologal, de que Dios optó, opta y seguirá optando por los pobres, sus hijos -mayoría- prohibidos de ser plenamente humanos, por sistemas de prepotencia y de marginación

La opción por los pobres es «para los pobres»: fundamentalmente, los que no tienen, los que no pueden, aquellos que viven las «carencias» de la vida normal, económicamente: falta de tierra, de vivienda, de salud, de educación, de participación. Los prohibidos de vivir plenamente su dignidad de personas, hijos e hijas de Dios, hermanos y hermanas.

Optar significa siempre «volverse hacia», entregarse, comprometerse.

Cuando se opta por los pobres se opta contra las causas, las estructuras, los sistemas que hacen pobres a los pobres y les impiden vivir con dignidad esa condición humana, histórica, de hijos e hijas de Dios, hermanos y hermanas.

Hoy la OP es de mayor actualidad. Por dos motivos. Los pobres son más en número, en América Latina, en todo el tercer mundo. Y son más pobres; es mayor el empobrecimiento […].

Es más actual también hoy la OP porque hay muchos intereses que quieren desactualizarla.

Entre los poderosos, evidentemente, pero también en la conciencia o cansada o dormida o egoísta de muchos cristianos. Son muchos los que están cansados -dicen- de oír hablar de la opción por los pobres. (A mí me gusta responderles que seguramente los pobres están mucho más cansados de ser pobres).

Simultáneamente, esta opción se ha hecho más actual porque se ha hecho también más dialéctica. Este cansancio, estas ganas de marginar la misma opción, de considerarla como ya pasada, por un lado, y por otro lado, el movimiento ascendente de conciencia popular -en América Latina de un modo muy especial, en todo el tercer mundo, y en los sectores solidarios de la sociedad del primer mundo, los medios de comunicación con sus bienes y sus males- nos facilitan también esta conciencia.

Podríamos decir de un modo global que las mayorías oprimidas, prohibidas, marginadas (como pobres, económicamente tales; como culturas, hasta ahora consideradas subculturas, culturas menores, culturas al margen) están adquiriendo una conciencia clara no sólo de sus derechos, iguales a los derechos de cualquier otro pueblo o cultura, o de cualquier otra persona humana; están adquiriendo la conciencia de su protagonismo en la historia.

 

Los teólogos y los sociólogos de la liberación nos han hablado con frecuencia de «la lógica de las mayorías». Podríamos, deberíamos hablar hoy de la conciencia creciente de las mayorías y del protagonismo de las mayorías. De un modo difuso unas veces, de un modo más consciente otras, se siente, se palpa en la vida social la reivindicación de la igualdad entre los varios sectores de cada país y de los países o naciones entre sí.

Siguen ahí las estructuras (la ONU misma, el FMI, el Banco Mundial) marginando, excluyendo y esa misma exclusión crea una conciencia mayor de la iniquidad del sistema sociopolítico-económico que se nos ha impuesto, como exasperación, como el «no va más» del capitalismo, transnacionalizado, que hace de la sociedad humana un mercado simplemente, que proclama el derecho exclusivo de una minoría insignificante, y justifica la inmensa exclusión de la inmensa mayoría.

Al revés de lo que la propia Biblia -Palabra de Dios- con respecto al «resto de Israel» -un resto sacramental de la humanidad toda, progresivamente liberada y salvada- el neoliberalismo proclama el derecho y el futuro de un resto que excluye al otro resto mayoritario, inmenso, de la humanidad.

El triunfo del neoliberalismo coincide -es causa en parte, en parte efecto- con la caída del socialismo real, con el retroceso -o la transición por lo menos- de ciertas revoluciones sociales, políticas, más radicales.

El pragmatismo del neoliberalismo se asienta feliz sobre el desmoronamiento de muchas utopías. Y ese pragmatismo, que tiene en sus manos la economía, los medios de comunicación, fácilmente se justifica en la conciencia inmadura, o cansada, o fatalista, de muchos, el que las cosas sean así.

La derechización de la economía es también, con mucha frecuencia, de las Iglesias, de las religiones. El «no va más» proclamado por el neoliberalismo, de un modo conformista o de un modo fatalista, acaba también siendo con mucha frecuencia el no va más de una aceptación del mismo pueblo.

En la Iglesia, en las últimas décadas, más fundamentalmente a partir del pontificado de Juan Pablo II, estamos viviendo una involución, un auténtico conservadurismo eclesial, eclesiástico.

También el Concilio Vaticano II fue una auténtica revolución eclesial y abrió el horizonte para muchas utopías, dentro y hasta fuera de la Iglesia.

De unos años para acá se le vienen recortando las alas a esta utopía que nos abrió el Concilio Vaticano II.

En América Latina, como en ninguna otra región del mundo, el Concilio levantó el eco y la praxis de Medellín y Puebla. En nuestra Iglesia latinoamericana, el Concilio se encarnó, se ubicó, en una teología nueva, propia, la teología de la liberación; en una pastoral explícita de múltiples pastorales que llamamos «específicas» que significaban fundamentalmente la acogida, el clamor de las mayorías marginadas y de los varios sectores de esa marginación: indígenas, negros, campesinos, mujeres, menores, migrantes.

La utopía se hizo carne y sangre de nuestra iglesia, y muy particularmente de las bases mayoritarias de nuestra Iglesia; de un modo más concreto en las propias comunidades de base.

Es curioso recordar con qué obsesión se quiere pulir, perfilar, condicionar, la opción por los pobres, añadiéndole aquél «ni exclusiva ni excluyente», y se olvida que la economía, la política, la sociedad en sus estructuras y en sus poderes, son cada vez más exclusivas y excluyentes.

Hoy, como nunca, la opción por los pobres debería ser radical. Debería ser al servicio de las mayorías, incluyendo también -eso sí, y con mucha lucidez, y hasta las últimas consecuencias- la opción por los pobres «otros», la opción por las culturas -valga la palabra- «empobrecidas» por ser prohibidas, marginadas, desconsideradas.

No es que todo sea oscuro, ni es que podamos aceptar el pesimismo como horizonte. De un modo difuso, informal -como se da la economía informal en la sociedad- en la misma sociedad y en la Iglesia muy concretamente, dentro del movimiento popular social o eclesial, hay una conciencia, una organización y una praxis alternativa y ascendente de los mismos pobres.

De la opción por los pobres, pues, quedan los pobres y queda el Dios liberador de los pobres.

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Como afirma el obispo Casaldáliga, el periódico Alvorada es «el periódico alternativo más antiguo de Brasil que aún está en circulación». Este año cumple 50 años, renovado, actualizado y con buena salud. Siempre fiel a sus principios comunicativos y de transformación.

17 de mayo de 2020

La obra de Pedro Casaldáliga

En enero de este año, nuestro pequeño periódico “ALVORADA” cumplió 50 años. Fue el primer ‘periódico’ de nuestro Araguaia.

Han sido 50 años contando cómo ha sido el recorrido de nuestra Prelatura, pero sobre todo, registrando la vida y las luchas de las gentes de esta región.

Para celebrar estas bodas de oro, nada mejor que recuperar algo de cómo comenzó esta publicación.

“Correo de amistad”

El primer número de “ALVORADA – Folha” (hoja) de la Prelatura de São Félix, como se llamaba, salió en enero de 1970. Una sola hoja mimeografiada.

Buscábamos un nombre para esta “hoja” y en ese momento llegó a Santa Terezinha el Padre Francisco Jentel, en una canoa que había bautizado como “Alvorada” (amanecer). Su llegada, cortando la superficie del Río Araguaia, inspiró el nombre del primer vehículo de comunicación de esta región.

Portada de la última edição del periódico Alvorada, 1er. trimestre de 2020

En el primer número, se explicaba el objetivo del periódio:

En este momento, “Alvorada” pretende ser:

– correo de la amistad

-programa de renovación

– mensaje del Evangelio.

Una “hoja” de sol y serenidad, en las alegrías de todos, en las necesidades comunes, para el trabajo de mejora al que estamos llamados.

El resto del primer número presentaba el PROGRAMA PASTORAL con las normas e indicaciones para recibir el Bautismo, el Matrimonio y la Primera Comunión y anunciaba la realización de las Campañas Misioneras.

El segundo número está fechado en 29/3/70. “Pascua” y explica que Pedro Casaldáliga había ido al médico en Goiânia (ciudad a 1.200Km de la región), así como la visita del Secretario de Educación del Municipio a São Félix, (São Félix era un distrito de Barra do Garças), la inauguración del Cine Samira, el anuncio de que Luciara tendría un motor de gasóleo para generar luz, algunos matrimonios, el funcionamiento del Gimnasio Estadual del Araguaia, etc.

También contenía un breve comentario sobre el Sacramento del Bautismo y comenzaba a divulgar las partes principales de la Encíclica de Paulo VI “Desarrollo de los Pueblos (Populorum Progressio)” que continuó en los siguientes números.

Una voz que incomodaba

En sus 50 años de existencia, “ALVORADA” fue la voz, casi la única, que denunció la violencia y la arbitrariedad de las autoridades y el latifundio en nuestra región y que estimuló la unión entre los trabajadores.

“ALVORADA”, amada por muchos, odiada por otros, ganó notoriedad nacional, cuando un número falsificado apareció en la pantalla de la cadena Globo, tratando de criminalizar el trabajo de nuestra Iglesia.

“ALVORADA” ha sido objeto de estudio por parte de algunos investigadores interesados en la prensa alternativa.

En 2020, a los 50 años, el periódico “ALVORADA” sigue siendo fiel a sus objetivos y continúa publicando noticias de la comunidad, difundiendo el Evangelio y el camino de la Iglesia en Brasil y en el mundo.

Portada del periódico Alvorada de 1974.

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La Opción por los Pobres (OP) es sin duda el acontecimiento más importante que ha tenido lugar en las Iglesias cristianas desde la Reforma protestante del siglo XVI. Pero, a nivel personal, qué significa más allá de lo obvio?

7 de abril de 2020

La obra de Pedro Casaldáliga

Opción por los pobres:

la misma espiritualidad cristiana

La OP, en cristiano, es la misma opción por el Reino de Dios en este mundo sojuzgado estructuralmente por el antirreino, en este mundo maltrecho de Dios.

La OP no sólo es un rasgo de la espiritualidad cristiana. Es la misma espiritualidad cristiana, si entendemos que el Reino es la opción de Jesús, porque es la voluntad del Padre. El Reino, visto desde el lado de acá, es desafío, conquista, práctica, respuesta nuestra… Mirado desde el lado de allá -donde ya no habrá ni ricos ni pobres-, el Reino será pura gratuidad, puro don: el Padre acogiéndonos a todos. El Hijo de Dios, el Verbo, para contestar al antirreino que el pecado del mundo venía estableciendo en la tierra de los hijos de Dios, no sólo «se hizo hombre», no sólo se hace humano, sino que se hace también pobre, se hace colonizado, incomprendido, perseguido, prohibido, excluido, excomulgado, condenado, ejecutado, maldito… La OP de Jesús es la kénosis de Cristo. Y la OP es la actitud kenótica de todo cristiano.

Repito: siempre que estemos de acuerdo en que la espiritualidad cristiana es la opción por el Reino: la voluntad del Padre que Jesús anuncia, asume, realiza y sufre, y por la cual, en la cual, para la cual, y desde la cual resucita.

El Pueblo Xavante, que vive en el Araguaia, fue expulsado de su tierra en 1964 por los grandes terratenientes. Hoy, luchan por recuperar plenamente su cultura, tradiciones y modo de vida ancestral. Para saber más, publicamos esa entrada hace un tiempo. Foto: nuestra

Fundamento teológico

Ese es el fundamento teológico de la OP. Pero aún podemos decirlo de otra manera.

La teología cristiana se fundamenta en la palabra, la actitud, la vivencia, la muerte y la resurrección de Jesús. Por eso es teología «cristiana». Cuando hablamos de Jesús, hablamos, o debemos hablar, automáticamente, del Dios de Jesús. Entonces, si ese Dios de Jesús envía a su propio Hijo para reparar el Reino maltrecho, para reanunciarlo, para que la humanidad pueda esperarlo de nuevo, y para que la humanidad colabore, como debe, en su construcción, es evidente que la voluntad de Dios sobre la humanidad es la finalidad de la humanidad. No puede ser otra.

Para nosotros los cristianos, en la actual coyuntura, en la actual contingencia de la humanidad, Dios no opta por la humanidad, Dios opta por los pobres en la humanidad. Contestando a los que en el privilegio, en el lujo, en el consumismo, en la capacidad de esclavizar, de dominar… han negado la condición de hermanos -y por lo mismo la condición de hijos de Dios- a los otros. Contestando a los que han construido en este mundo un antirreino, en este mundo que debería ser ya una realización de su Reino, anticipando en esperanza la plenitud futura.

Por eso, la Buena Noticia es anunciada a los pobres. La bienaventuranza se realiza en los pobres. Y éste es el fundamento de la OP.

Opción por los pobres:

kénosis y encarnación

Recordemos la palabra de Pablo: él, Cristo Jesús, siendo rico, por nosotros se hizo pobre (Fil 2, 6ss). «Se hizo»: desencarnamos totalmente esa palabra si la pretendemos entender en un sentido sólo espiritual. ¿Qué significa «se hizo»? Es una palabra encarnacional, evidentemente. Supone todo un proceso histórico: su modo de vida, sus conflictos, su ubicación geopolítica, cultural… todo lo que él realmente vivió.

Las implicaciones de esa opción, las exigencias de esa espiritualidad también arrancan del propio seguimiento de Jesús.

Si yo opto por la mayoría de los hijos de Dios, sometidos a una vida de antirreino, prohibidos en su condición de seres humanos -en su condición de hermanos y de hijos-, automáticamente debo, en primer lugar, acercarme a ellos, conocerlos, sentirlos, compadecerme de su situación, conmoverme por su realidad, participar en su propio sufrimiento, en su grito, en su pobreza, en su lucha, en su proceso.

La kénosis, ante todo y sobre todo es la bajada, la entrada, la encarnación… Así pues, una espiritualidad de OP es una espiritualidad encarnacionista en el más puro sentido de la palabra.

Algunos han tenido miedo a la palabra «encarnacionista», como si encarnarse supusiera prescindir de lo histórico, de lo político… El Hijo de Dios no se encarna en las nubes: se encarna en un ser humano, en un pueblo, en una cultura, en una estructura, en una coyuntura…

En el poblado de Novo Santo Antônio, la mayoría de familias sobrevive con menos de 1 euro al día por persona. Mientras, los grandes capitales compran tierras, desmatan y plantan soja para exportar. Foto: nuestra

Opción por los pobres:

espiritualidad profética, revolucionaria y utópica

Supone también, por otra parte, a partir de la opción por el Reino de Dios, a partir del seguimiento de Jesús, la contestación profética, la revuelta profética, la indignación profética frente a esa situación que niega el Reino, que impide a los hermanos ser hermanos, que impide a los hijos ser hijos.

Todos los profetas de Israel, el gran profeta Jesús, las palabras terminantes e indignadas del evangelio… nos iluminan, en el seguimiento de Jesús, esa actitud de profecía, de revuelta, en la medida en que nosotros nos compenetramos con la pobreza de los pobres, maldecimos la pobreza maldita de los pobres. La Cruz de Cristo niega la cruz. Él maldice la cruz precisamente para acabar de una vez con todas las cruces malditas. Por lo menos en su propia persona y en esperanza para todos nosotros.

Esa encarnación, esa compasión, compenetración, ese asumir la miseria, el sufrimiento, la indignación, la revuelta, el proceso de liberación de los pobres, la voluntad de salir del estado en que viven, nos pondrá automáticamente en una postura política -revolucionaria incluso- de transformación radical de una sociedad que no responde a la voluntad de Dios, al proyecto del Reino. Y nos confrontará automáticamente con todas las fuerzas y poderes que sujetan a la mayoría de los hermanos a la miseria, a la dependencia, a la no-vida, a ese mundo que está en el pecado, puesto en el Maligno, como dice Pablo.

No estamos negando, de ningún modo, el pecado personal; al contrario, estamos diciendo que reconocemos los pecados personales acumulados en una estructura de pecado, que es antirreino visible, diario. Las implicaciones políticas de esa postura deben ser tan coyunturales como estructurales, tan diarias como utópicas.

Una verdadera espiritualidad de la OP es una espiritualidad revolucionaria, decimos. Por eso mismo es una espiritualidad utópica. Ese mundo que está ahí no les sirve a los hijos de Dios, no sirve a los hermanos, contradice el Reino de Dios: ¡queremos otro!

Entramos necesariamente en el proceso de transformación de la sociedad, en el proceso de la revolución.

Opción por los porbres y solidaridad

Los teólogos de la liberación han recordado con frecuencia que la misma contemplación, la oración de los espirituales de la liberación se expresa, se traduce -se comprueba sobre todo- en las prácticas no sólo sociales sino en las prácticas explícitamente políticas.

Para que la caridad no se quede en «compasión» distante, o en «benevolencia» intermitente o transitoria, debe ser solidaridad política. Sólo así será verdadera caridad. Sólo así amará al hermano en la realidad en que el hermano vive. Sólo así ayudará al hermano de un modo eficiente. A lo mejor el sacerdote y el levita de la parábola, al pasar al lado del malherido, tuvieron un cierto sentimiento de compasión. No sabemos si le dejaron alguna limosna. Lo importante, lo dramático, lo que les fue condenado, es que no hicieran la acción concreta de transformar la realidad en la que él vivía, la acción concreta de llevar su solidaridad hasta las últimas consecuencias.

Sólo se lleva la solidaridad hasta las últimas consecuencias cuando de parte de uno se hace todo lo posible para que el hermano salga de la situación en que está. El propio Dios no nos habría demostrado que nos amaba si se hubiera quedado en su infinita compasión allá… Tuvimos necesidad de que saliera de su compasión e hiciera el gesto extremo… Por eso digo yo que Jesús es la propia solidaridad de Dios en persona, la solidaridad que va hasta las últimas consecuencias.

En el Asentamiento Don Pedro, a 100Km de São Félix do Araguaia, atendemos a 60 familias que viven en situación de extrema pobreza. Doña Alenira y su marido son unas de las más luchadoras!. Foto: nuestra

Ascética y mística de la opción por los porbres

La ascética y la mística de esa espiritualidad de la OP será, evidentemente, en primer lugar, una actitud de discernimiento, de sensibilidad, de percepción, de crítica, de autocrítica, de descodificación de la realidad, de análisis incluso político de la realidad misma. Será una espiritualidad que ande por el mundo de los pobres, por en medio de las mayorías prohibidas y oprimidas con los ojos abiertos. Hay obispos, sacerdotes visitantes cristianos, personas muy buenas, que vienen del primer mundo: visitan nuestras ciudades, visitan nuestras Iglesias y no descubren a esas inmensas «mayorías» de América Latina, del tercer  mundo,  del  mundo  entero, que  viven realmente prohibidas.  Así pues: los ojos  abiertos a la realidad, la atención al «clamor» de los oprimidos (Medellín y Puebla nos han recordado que el clamor está ahí, y es lamentable que hasta hace poco la Iglesia no ha descubierto que es un clamor colectivo, y que es un clamor estructural, y que cada vez es más estruendoso…).

En segundo lugar, la compasión, la conmoción, la compenetración que debe llevar a la convivencia: estar-en, estar-con, seguir, acompañar a los pobres, asumir sus mismas privaciones, sus riesgos…

Se ha olvidado demasiado el texto mismo de Puebla (1134), que habla de una opción «clara» y «solidaria» por los pobres. «Clara»: diríamos que con una conciencia clara incluso políticamente, para   ser integralmente clara. Y «solidaria». La palabra viene de «in solidum», que significa en bloque con, conjuntamente con. Entonces, una opción por los pobres «solidaria» exige estar con el pobre, convivir  con el pobre, pasarla mal con el pobre, arriesgar con el pobre… y, en todo caso, mudar de lugar social  e incluso de lugar geográfico -en la medida de lo posible- para estar en medio de los pobres.

En tercer lugar supone asumir los procesos  de los  pobres, las decisiones de los pobres,  caminar en su propio caminar, respetando su ritmo, entrando en sus  propias  reivindicaciones.  Podremos optar por los pobres con todo el espíritu crítico necesario, con toda la lucidez de la fe, pero nunca «a distancia». Sólo opta por los pobres aquél que se aproxima a ellos y camina con ellos.

Esto exigirá, necesariamente, una gran capacidad de llevar la cruz, la cruz de la privación de la pobreza, de la renuncia, del riesgo, del silencio a veces, de la conflictividad.

Y al mismo tiempo supondrá una gran capacidad de aguante, de esperanza, en el sentido pleno de la palabra, aquella esperanza de la que hablaba Pablo. Si uno quiere no llegar a la desesperación, a  la pura  indignación sin sentido, sin salida, a la blasfemia diríamos, uno debe llevar en sí  una gran fuerza de esperanza. Pienso que cuanto más cerca se vive de la miseria, del sufrimiento, de la muerte, más la esperanza debe ser expresión cotidiana casi espontánea de nuestras vidas.

Ahí los profetas nos enseñan tanto el anuncio del Dios vivo y verdadero y de sus planes y proyectos, como la denuncia de los ídolos, de los antiproyectos que contradicen el proyecto de Dios, como también la actitud de la consolación: «consolad a mi pueblo» (Is 40, 1).

Es evidente que esa espiritualidad exigirá una gran dosis de oración, de contemplación. Solamente caminando siempre muy al desnudo, muy abiertamente, con el Dios vivo, el Dios y Padre de Jesús, el consolador de los pobres, el «Pater pauperum», Padre de los pobres… se podrá vivir la espiritualidad de la OP con ecuanimidad, dando el testimonio que se debe dar y de un modo constructivo.

Me parece que es muy importante que la OP sepa también leer, celebrar, asumir las expresiones culturales de los pobres. Ese sería un rasgo muy característico: su alegría, su fiesta, la capacidad de hospitalidad, de compartir, la resistencia pasiva en muchas circunstancias, esos largos silencios de los pobres en sus luchas, en  las buenas «tácticas», en su proceso de liberación, en las mismas revoluciones populares, la capacidad que el pobre tiene de agradecer a los propios hermanos y a Dios.

Yo pienso que la Iglesia toda (sería un verdadero error hablar sólo de la Iglesia  del  tercer mundo) no puede tener más misión que la misión misma de Jesús -y ésa es la OP-: «el Espíritu del  Señor está sobre mí para…». Es decir, en la medida en que el Espíritu del Señor esté sobre nosotros, dentro de nosotros, ese «para» se hará realidad: anunciaremos la buena noticia a los pobres, ayudaremos a liberar a los cautivos, proclamaremos el año de gracia, que es la versión incluso temporal, histórica y hasta política y económica del Reino… en la expectativa, claro está de la plenitud del Reino.

La ascética y la mística de esa espiritualidad de la OP será, evidentemente, en primer lugar, una actitud de discernimiento, de sensibilidad, de percepción, de crítica, de autocrítica, de descodificación de la realidad, de análisis incluso político de la realidad misma. Será una espiritualidad que ande por el mundo de los pobres, por en medio de las mayorías prohibidas y oprimidas con los ojos abiertos. Hay obispos, sacerdotes visitantes cristianos, personas muy buenas, que vienen del primer mundo: visitan nuestras ciudades, visitan nuestras Iglesias y no descubren a esas inmensas «mayorías» de América Latina, del tercer  mundo,  del  mundo  entero, que  viven realmente prohibidas.  Así pues: los ojos  abiertos a la realidad, la atención al «clamor» de los oprimidos (Medellín y Puebla nos han recordado que el clamor está ahí, y es lamentable que hasta hace poco la Iglesia no ha descubierto que es un clamor colectivo, y que es un clamor estructural, y que cada vez es más estruendoso…).

En segundo lugar, la compasión, la conmoción, la compenetración que debe llevar a la convivencia: estar-en, estar-con, seguir, acompañar a los pobres, asumir sus mismas privaciones, sus riesgos…

Se ha olvidado demasiado el texto mismo de Puebla (1134), que habla de una opción «clara» y «solidaria» por los pobres. «Clara»: diríamos que con una conciencia clara incluso políticamente, para   ser integralmente clara. Y «solidaria». La palabra viene de «in solidum», que significa en bloque con, conjuntamente con. Entonces, una opción por los pobres «solidaria» exige estar con el pobre, convivir  con el pobre, pasarla mal con el pobre, arriesgar con el pobre… y, en todo caso, mudar de lugar social  e incluso de lugar geográfico -en la medida de lo posible- para estar en medio de los pobres.

En tercer lugar supone asumir los procesos  de los  pobres, las decisiones de los pobres, caminar en su propio caminar, respetando su ritmo, entrando en sus propias reivindicaciones.  Podremos optar por los pobres con todo el espíritu crítico necesario, con toda la lucidez de la fe, pero nunca «a distancia». Sólo opta por los pobres aquél que se aproxima a ellos y camina con ellos.

Esto exigirá, necesariamente, una gran capacidad de llevar la cruz, la cruz de la privación de la pobreza, de la renuncia, del riesgo, del silencio a veces, de la conflictividad.

Y al mismo tiempo supondrá una gran capacidad de aguante, de esperanza, en el sentido pleno de la palabra, aquella esperanza de la que hablaba Pablo. Si uno quiere no llegar a la desesperación, a la pura  indignación sin sentido, sin salida, a la blasfemia diríamos, uno debe llevar en sí  una gran fuerza de esperanza.

Pienso que cuanto más cerca se vive de la miseria, del sufrimiento, de la muerte, más la esperanza debe ser expresión cotidiana casi espontánea de nuestras vidas. Ahí los profetas nos enseñan tanto el anuncio del Dios vivo y verdadero y de sus planes y proyectos, como la denuncia de los ídolos, de los antiproyectos que contradicen el proyecto de Dios, como también la actitud de la consolación: «consolad a mi pueblo» (Is 40, 1).

Es evidente que esa espiritualidad exigirá una gran dosis de oración, de contemplación. Solamente caminando siempre muy al desnudo, muy abiertamente, con el Dios vivo, el Dios y Padre de Jesús, el consolador de los pobres, el «Pater pauperum», Padre de los pobres… se podrá vivir la espiritualidad de la OP con ecuanimidad, dando el testimonio que se debe dar y de un modo constructivo.

Me parece que es muy importante que la OP sepa también leer, celebrar, asumir las expresiones culturales de los pobres. Ese sería un rasgo muy  característico:  su alegría, su fiesta,  la capacidad de hospitalidad, de compartir, la resistencia pasiva en muchas circunstancias, esos largos silencios de los pobres en sus luchas, en  las buenas «tácticas», en su proceso de liberación, en las mismas revoluciones populares, la capacidad que el pobre tiene de agradecer a los propios hermanos y a Dios.

 Yo pienso que la Iglesia toda (sería un verdadero error hablar sólo de la Iglesia  del  tercer mundo) no puede tener más misión que la misión misma de Jesús -y ésa es la OP-: «el Espíritu del  Señor está sobre mí para…». Es decir, en la medida en que el Espíritu del Señor esté sobre nosotros, dentro de nosotros, ese «para» se hará realidad: anunciaremos la buena noticia a los pobres, ayudaremos a liberar a los cautivos, proclamaremos el año de gracia, que es la versión incluso temporal, histórica y hasta política y económica del Reino… en la expectativa, claro está de la plenitud del Reino.

Iglesia y opción por los porbres

¿Qué sería una Iglesia popular?

 Yo quiero lamentar una vez más que se haya perdido la libertad y hasta la alegría de usar esta expresión. Varias veces se lo he «reclamado» a nuestros teólogos, que por una docilidad explicable en medio de ciertas persecuciones que estos buenos teólogos de América Latina vienen sufriendo,  se vieron obligados a renunciar a una expresión llena de sentido y de legitimidad.

Si decimos «Iglesia jerárquica», con más razón podemos decir «Iglesia popular». Por dos motivos: la Iglesia «tiene» jerarquía, pero «es» pueblo, pueblo de Dios. La jerarquía es minoritaria en la Iglesia, es un servicio a la Iglesia y, a partir de la Iglesia, al mundo. Mientras que el pueblo, ese pueblo de Dios, es la inmensa mayoría.

Por otra parte, hablar de Iglesia popular significa hablar de una «Iglesia en la base», donde están los pobres. Una Iglesia en el lugar donde se puso Jesús. Una Iglesia en el pueblo que se reconoce, que recobra su identidad, que asume su proceso.

Para nosotros, en esta América Latina, hablar de pueblo prácticamente es hablar de pueblo en proceso histórico. Más aún, pueblo en proceso histórico de liberación. En Brasil, por ejemplo, en los encuentros  de  pastoral,  de  teología  o  de  trabajo  popular,  etc.,  distinguimos  normalmente  entre «masa» y «pueblo». Masa, pueblo, comunidad, liderazgo…

Bíblicamente hablando, el pueblo de Dios, «el pueblo que no era pueblo y que  ahora  es pueblo»… «Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios»…

En fin, se trata de una expresión tan hermosa que yo hago votos porque sea recobrada, sin rubores, sin ceder a incomprensiones, que podrán partir de la mejor buena voluntad, pero que ciertamente no parten de lucidez teológica ni de visión comprometida pastoral, y que posiblemente, sin querer, están haciendo el juego a los que no quieren que el pueblo sea pueblo, a los que no quieren que la Iglesia sea pueblo, a los que no quieren que el pueblo se haga Iglesia…

Yo diría algunos sinónimos de Iglesia popular: Iglesia comunitaria, Iglesia participativa, Iglesia realmente inculturada, Iglesia autóctona. Creo que se trata de valores indispensables en la verdadera Iglesia de Jesús.

 -¿Iglesia popular e Iglesia de los pobres serían términos semejantes?

 Iglesia popular sería la Iglesia de los pobres conscientes, que se organizan, en proceso, en fermento de liberación…

 – Dice Leonardo Boff que Iglesia popular no se opone a Iglesia jerárquica, sino a Iglesia  burguesa…

Evidente. Y se opone también a Iglesia clerical, en el sentido peyorativo de  la palabra (una Iglesia clericalizada). La Iglesia popular acaba siendo la Iglesia pueblo de Dios, que opta realmente por los pobres, que se pone en su lugar, que toma partido por ellos, que asume su causa y sus procesos. Una Iglesia también que tira de la jerarquía y del clero, tira de la teología, tira de la liturgia, tira del mismo derecho canónico y les hace bajar en una kénosis histórico-pastoral  al lugar en que realmente se puso Jesús, que es el mismo pueblo.

¿«Iglesia burguesa» sería una contradicción?

 Evidente, evidente.

 – No puede existir una Iglesia burguesa?

Pregunto: ¿cuál sería el real código canónico evangélico de la Iglesia? Y  respondo: el mandamiento nuevo, las bienaventuranzas. En una Iglesia burguesa, Iglesia de privilegio, Iglesia de explotación de las mayorías, Iglesia de expulsión de las mayorías… ¿caben las bienaventuranzas? Una Iglesia burguesa ya no sería la Iglesia de Jesús.

– ¿Es que el bautismo, la conversión, exigirían cambiar de clase?

Pregunto: ¿no es acaso el bautismo un sumergirse en la pascua, en la muerte, en  la resurrección? Ese sumergirse en la muerte de Jesús, evidentemente, ha de ser la muerte del egoísmo, la muerte del privilegio acumulativo y excluidor. Y, en ese sentido, la muerte a una vida burguesa. Una vida burguesa es una vida pecaminosa, estructuralmente pecaminosa.

 – ¿Qué responderías a la objeción de que la Iglesia es para todos, de que está por encima de las opciones políticas?

Respondería que Cristo también vino para todos, y optó por los pobres. Y condenó a los ricos. Y rechazó el privilegio. Y fue sentenciado, torturado, ejecutado y colocado en la cruz por los poderes del latifundio, de la ley, del imperio.

No es posible pensar que el Evangelio sea para todos por igual. Lo peor que se podría decir del Evangelio es que  el Evangelio es neutro. Yo suelo decir: el Evangelio es para todos, a favor  de  los pobres y contra los ricos. Y me explico.

A favor de los pobres en lo que tienen ellos de pobreza evangélica, y contra la marginación y quizá la desesperación en que les toca vivir. Y contra los ricos: contra la posibilidad, la capacidad que ellos tienen de vivir en un privilegio que expolia a la inmensa mayoría de los hermanos, contra la capacidad de explotar a esos hermanos, contra la insensibilidad en que  ellos viven, contra la idolatría en que ellos están sumidos.

El rico, normalmente hablando, está excluido del Reino de los cielos. Sólo puede entrar en él si deja de ser rico.

Del libro “Sobre la Opción por los Pobres”. Varios autores. Coordinador: José María Vigil.

 

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29 de enero de 2020

Las causas de Pedro Casaldáliga

Militar en la esperanza es una opción de riesgo en el Brasil del Bolsonaro. Pero muchos creen que es el único camino posible para enfrentar a la extrema derecha.

El proyecto para dar a conocer las ‘Causas de Casaldáliga’ es el fruto de una colaboración entre las dos asociaciones que comparten la misión del Claretiano Pedro Casaldáliga.

A través del pensamiento y la acción de este catalán universal, la Asociación Araguaia con el obispo Casaldáliga, de Cataluña, y ANSA, de Brasil, contrarrestan el discurso del odio y del miedo.

En este contexto, “la única manera de hacer de contrapunto a este discurso y de poder expresar nuestras opiniones con tranquilidad era dar al proyecto una dimensión internacional”, dice Raúl Vico, coordinador de esta iniciativa de difusión. Y es que los nuevos líderes políticos en Brasil están fomentando un clima “contra los derechos de los campesinos e indígenas”. Vico también identifica los riesgos de seguridad entre los defensores de los derechos humanos: “Por primera vez en muchos años, las personas que trabajan en ANSA han tenido que considerar su seguridad personal”, dice.

 

«Estar juntos, una cuestión de seguridad»

 

Una realidad que la entidad no ha vivido desde su creación. “En los años 70 y 80, la represión fue mucho más dura y violenta, pero hoy la situación vuelve a ser peligrosa”. Según Vico, “en Brasil y mucho más en la región en la que estamos, no es aconsejable expresar abiertamente algunas ideas. Si divulgamos algunas opiniones pondríamos en riesgo al personal de ANSA”. Estas declaraciones se hacen pensando en los grandes terratenientes de la Amazonia que “estaban ansiosos por ganar unas eleciones e ir en contra de la Prelatura y el Obispo Pedro”. Con el presidente Jair Bolsonaro en el poder, se sienten apoyados.

Por eso cree que “trabajar juntos es también una cuestión de seguridad”. La Asociación Araguaia con el Obispo Casaldáliga (Barcelona, 1989) y la Asociación ANSA (São Félix do Araguaia, 1974) se han unido para realizar este proyecto de comunicación inspirado en la alegría, la “terquedad” y la esperanza de Casaldáliga. Como dicen desde la parte catalana, buscamos “fortalecer caminos de esperanza”.

“ANSA y la Asociación Araguaia hemos sentido la necesidad de unirnos para una colaboración mucho más estrecha, para unir fuerzas y dar más voz a la vida, al trabajo y, sobre todo, a las causas de Casaldáliga», dice. Saben que son organizaciones «pequeñas» que enfrentan el enorme desafío, pero no se dan por vencidos en la lucha por mejorar las condiciones de vida de las personas y comunidades que más sufren.

Información desde el Araguaia

 

Raul Vico está en contacto con la persona responsable de la comunicación en ANSA, que le proporciona información en tiempo real desde la Amazonía. Todos los materiales publicados en la página web están en catalán, español y portugués, “los tres idiomas que Casaldáliga utiliza siempre”.

También envían un boletín mensual, que llega al correo electrónico de 730 personas, y en las redes sociales están en Facebook y en Twitter,, publicando diariamente.

El blog, que actualizan cada 15 días se centra en las causas de Casaldáliga. Por ejemplo, cuentan experiencias concretas de agricultura familiar agroecológica, una fórmula de generación de ingresos aliada a la preservación y recuperación ambiental en las comunidades rurales. Pero en el blog también encontramos el pensamiento de Casaldáliga, de la Teología de la Liberación o la historia de la Amazonía a través de textos y poemas que reflejan los compromisos que Pedro Casaldáliga ha asumido a lo largo de su vida en favor de los más pobres.

En el Araguaia, ANSA trabaja en el ámbito de la educación popular, la economía solidaria, el medio ambiente y el apoyo al fortalecimiento de las redes sociales y ambientales. Actualmente, beneficia a unas cuatrocientas familias, tanto en São Félix como en cuatro comunidades rurales vecinas, y también apoya a las comunidades indígenas cercanas. La organización es también responsable del Archivo de la Prelatura de São Félix do Araguaia, dedicado a la preservación de la obra de Casaldáliga, que también cuenta con el apoyo de los claretianos.

En Barcelona, el nuevo proyecto de difusión también es posible gracias a la colaboración de la organización catalana Justicia y Paz, que les cede un espacio para el archivo y para las reuniones del equipo, que tienen lugar todos los segundos y cuartos jueves de mes en la calle Roger de Llúria, 126, de Barcelona.

Autora: Laura Mor. Publicado primero en catalán en Religión Digital.

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Los comentarios –cautelosos o apocalípticos o clarividentes- acerca de la coyuntura proliferan, estos días, en los medios de comunicación. No voy a repetir “lo obvio aullante”. El problema está en saber leer la coyuntura a la luz de los signos de los tiempos, descubriendo causas, intereses, “efectos colaterales”, juegos de vida o muerte para la familia humana.

21 de enero de 2020

La obra de Pedro Casaldáliga

En esta hora kairós de mundialización y de madurez de conciencia, que es, simultáneamente, una hora nefasta de nuevas prepotencias, de macrodictaduras, de fundamentalismos y de radicalizaciones, se nos impone, como un don y como una conquista, el diálogo, interpersonal, intercultural, ecuménico y macroecuménico.

Un diálogo de pensamientos, de palabras y de corazones.

No la mera tolerancia, que se parece demasiado a la guerra fría, sino la convivencia cálida, la acogida, la complementariedad.

Esos procesos de cambio, que son sueño y misión, reclaman de todos nosotros y nosotras, cristianos o no, una fuerte espiritualidad, una mística de vida.

Cada cual la vivirá según la respectiva fe, pero sin esa espiritualidad no se hace camino.

Pensando en ello, y a raíz del retiro espiritual que celebramos cada año, el equipo pastoral de la Prelatura, a orillas del Araguaia, en aquel cerro acogedor de Santa Terezinha, yo resumía así esa espiritualidad, tan nueva y tan antigua, como espiritualidad de:

1. Contemplación confiada

 

Abriéndose más gratuitamente al Dios Abbá, que es, por autodefinición suprema, misericordia, amor.

Una contemplación, más necesaria que nunca en estos tiempos de eficiencias inmediatas y de visibilidades

Confiada, digo, porque tengo la impresión de que vuelve –o quizás nunca se fue- la religión del miedo, del castigo, de la prosperidad o del fracaso, según como uno se las haya con Dios. Nos falta, pues, confianza filial, infancia evangélica, la descontraída libertad de los pequeños del Reino.

 

2. Coherencia testimoniante

 

Ya se ha repetido hasta la saciedad que vivimos en la civilización de la imagen; que el mundo quiere «ver».

El testimonio fue siempre una especie de definición del ser cristiano: “seréis mis testigos”, decía Él por toda recomendación, por todo testamento.

Y ese testimonio, hoy más que nunca, cuando todo se ve y todo se sabe, ha de ser coherente, sin fisuras, en la vida personal y en la gestión estructural de la Iglesia (que podrá ser una Iglesia católica o evangélica, el Vaticano, una diócesis, una congregación religiosa, una comunidad).

Veracidad y transparencia pide el mundo, tan sometido a la mentira y a la corrupción.

 

3. Convivencia fraterno-sororal

 

A eso se reduce el mandamiento nuevo. Este es el mayor desafío, y el más cotidiano para las personas, para las comunidades, para los pueblos.

Convivir, no coexistir apenas; convivir cariñosamente en fraternura y sororidad; no sólo en tolerancia mutua. Ayudar a hacer agradable la vida.

Ser sal de la tierra debe de significar eso también…

 

4. Acogida gratuita y servicial

 

Capacidad de encuentro y de diaconía. No solamente bajarse del burro y atender al caído cuando por casualidad uno se lo encuentra a la orilla del camino, sino hacerse encontradizo.

Acoger a veces sólo con una palabra o una sonrisa, pero acoger siempre, gratuitamente. Hacer de todos los ministerios y de todas las profesiones aquel servicio desinteresado y generoso que nos proponía el Señor que no vino a ser servido sino a servir.

Es más fácil celebrar una Eucaristía ritual que ejercer el lavapiés comprometido.

 

5. Compromiso profético

 

Sigue siendo la hora y quizá más que nunca de comprometerse proféticamente contra el dios neoliberal de la muerte y la exclusión y a favor del Dios del Reino de la Vida y de la Liberación.

Hay que sacar de la fe todo su jugo político. Hay que vivirla militantemente, transformadoramente.

Hacer de la profecía una especie de hábito connatural -fruto específico del bautismo para los cristianos y cristianas- de denuncia, de anuncio, de consolación.

La caridad sociopolítica es la forma de caridad más estructural. Va a las causas, no sólo a los efectos. Cuida la Vida. Transforma la Historia. Hace Reino.

 

6. Esperanza pascual

 

Después de “la muerte de Dios” y “la muerte de la Humanidad”, en esa posmodernidad fácilmente sin sentido y ya en el “final de la historia”, parece que la esperanza no tiene mucho que hacer. ¡Hoy más que nunca se impone la esperanza! Ella es la virtud de los “después de”.

“Contra toda esperanza” (productivista, consumista, inmediatista, pasiva), esperamos.

Debemos proclamar humildemente pero sin complejos nuestra esperanza pascual y escatológica. Y debemos hacerla creíble aquí y ahora. Porque esperamos, actuamos. El tiempo y la historia son el espacio sacramental de la esperanza.

 

Pedro Casaldáliga, Carta Cirular de 2002.

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